CUENTO BREVE DE OMAR MANUEL CALVO REY

Por Infolobos junio 22, 2020 19:57 Volver a la Home

EL TORO

Descendiente lejano de aquellos precarios ejemplares que transportó a esta tierra el primer adelantado Don Pedro de Mendoza (1536), el Torito de marra, era un magnífico animal dotado de toda la belleza y el esplendor que sólo la naturaleza deposita en los seres vivos cuando se la deja libre, trabajar su tiempo, en la procreación del Plan de Dios.

El desierto verde y desaforado, donde había nacido con otros machos de su raza, estaba cambiando ante sus ojos impávidos, y ante su instintiva memoria irracional.

Ya no se oirán más los estridentes alaridos de feroces indiadas que se dirigían al sur, a negociar el producto de su robo.

El nutrido ejército que pasó a manos del Gral. Roca (1879), siguiendo la huella de Rosas, 50 años antes, cuando era Gobernador de Bs. As. (1929), no se volvió a ver.

Los que investigan y narran la historia, han querido reformar sofísticamente la verdad, y al indio malo y ladrón lo presentan como un incólume, y al pobre gaucho cristiano y soldado lo rebajan a calidad de bandido, sin reconocer que su sangre derramada en el combate, con el sable y a caballo, hicieron posible la Patria.

Un monstro negro, gigantesco, grande, surca el desierto por el mismo camino siempre infinitamente paralelo.

Cuatro o cinco veces había pasado durante esa verde primavera, y las hembras no huían como al principio, miraban apacibles, con curiosidad, el paso del tren.

El Torito de sangre baguala, sintió invadido sus dominios, y ofendido su orgullo y optó por enfrentar al monstro en desigual pelea. Esperó el momento, al verlo llegar se empacó a las vías, hundió las pezuñas en el suelo, levantó la cabeza meneando sus gruesas aspas puntiagudas a izquierda y derecha, como aclarando un deseo, luego sí puso el hocico en el suelo y esperó la topada.

Florencio Fandiño, el maquinista, advirtió tardíamente la intención del toro y atinó a dar un sostenido pitazo, que sonó como un gong, dando comienzo a la aventura, donde la vida y la muerte es un instante crucial.

¡Qué animal estúpido!, murmuró el maquinista, mientras refregaba sus percudidas manos en el sucio mameluco.

Al llegar a Huanguelén, punta de riel, y fin de laboriosa travesía Florencio Fandiño descendió de la enhiesta cabina y recorrió todo el renegrido frente de la locomotora. Sobre los hierros del miriñaque, unas manchas de sangre seca y pegada a ellas, unos pelos rojizos daban cuenta del penoso accidente anterior. Donde un toro de raza criolla, entregó caro la vida cuando supo que otro toro (extranjero, distinto en la raza y la fortaleza), había invadido su tierra (que en los hombres debiera ser la Patria).

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