LA ÚLTIMA TRANSMUTACIÓN (Por Caro Medina Virces)

Por Infolobos enero 21, 2021 09:45 Volver a la Home

En la isla Escritura, donde el mar es de esmeralda y de cuarzo el cielo, donde la pluma es de oro, la cuartilla cuero de gazapo curtido a la luz de la luna, y la escritura hedónico placer, un joven escritor, que también era poeta, halló en el roquerío un disco ovoide del tamaño de un girasol mediano. Grande fue su sorpresa cuando sus manos, acostumbradas al peso leve de la pluma, a la suavidad de la piel de su amada, a la onírica y deslumbrante escritura de una mente brillante, le revelaron la muelle textura, la insoportable levedad de aquel objeto extraño que tan áureo se veía entre las rocas, y que ahora, entre sus manos, mudaba de encendido rubí, al esplendente azul océano del topacio, y en seguida a la clara pureza del diamante, para de nuevo virar al broncíneo dorado de las joyas; y eran de tal intensidad los haces luminosos de aquella cosa hiriente, que al parecer de sus ojos giraba como un vórtice, y con la misma vorágine del sol en las pinturas de van Gogh. Guardó el poeta en su mochila aquella rara
prenda y con ella al hombro regresó absorto. Una vez en su casa, puso la bolsa sobre el tablado del escritorio, extrajo el fabuloso hallazgo y se sentó frente a él con el arrobo y la felicidad de un Lama. Toda la noche la pasó así, observando el mismo espectáculo, el mismo fuego fatuo mil veces repetido. Hasta quedar dormido.

Cuando despertó, el giróscopo ya no estaba ahí. Sobre la mesa, ahora una mesa moderna de caoba, descansaba sola, la misma mochila, salvo que al presente lucía una gruesa tela sintética de modernísimo diseño y alegres colores. Pero no solo, todo había transmutado: la casa misma era hoy día luminosa y vidriada, con grandes ventanales de piso a techo orientados hacia el mar y el colmado de libros dispuestos al azar, había desaparecido. En su reemplazo, sobre un pequeño mueble de roble de Eslavonia, esplendían de pie, cuatro magníficos tomos de la mejor industria española, con sus tapas de tela y sus lomos de cuerina, con inscripciones en dorado, estampados a fuego, y hojas impresas en papel biblia, cosidas con hilo de lino encerado. Pero lo extraordinario de estos cuatro tomos era que contenían, la Literatura, toda la literatura, la de todas partes, la de todos los tiempos; y lo mismo con las Ciencias, las Artes, la Historia, con todas las disciplinas, porque todas, y todos los libros, los de ayer, los hoy, los de mañana, estaban en esos ejemplares que, oh, abracadabra, permitían su lectura en todos, en cualesquiera idioma del planeta.

Para el joven poeta el tiempo había pasado como una ráfaga, como cuando ya viejos, sentimos que la vida se nos fue. Ahora, era, se sentía viejo. Ya no escribía. Cuanto tenía que decir lo había dicho. Lejos quedaban los libros publicados, las premiaciones pueblerinas, otorgadas con tanto halago y recibidas con tanto placer, a lo largo y a lo ancho de toda la comarca, durante su vertiginosa carrera de escritor. También todo eso desaparecería. También esos recuerdos serían transmutados. Pues, aquel magnífico hallazgo, aquella fabulosa aparición, aquella mega metáfora, porque no otra cosa era aquella quimera, aquel ardiente sol, que metáfora viva, obra de las divinidades, que como las súper nova, que antes de explotar expulsan toda su energía, así, la bien hechora, le brindaría hoy, esta misma noche, ahora, la última, de las tantísimas transmutaciones que de su magnificencia le quedaba, todos sus premios pueblerinos por el más ansiado de los premios: el Nobel de Literatura, con que la Academia Sueca lo sorprendería. El teléfono sonó con la más santa de las inocencias. El viejo poeta tomó la llamada pero no atinaba a contestar palabra, tan solo se sentó en la misma silla de cuero giratoria de cuando…

Afuera, en la noche estrellada, la magnífica y espléndida metáfora, cual una estrella súper nova, estalló en diez mil líridas, para asombro de toda la comarca. Donde, desde esa noche, el mar es mar, el cielo es cielo, y la escritura, sangre, sudor y lágrimas.

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