DIARIO DEL HOMBRE QUE LADRA (Por Caro Medina Virces)

Por Infolobos febrero 11, 2021 17:25 Volver a la Home

A mi mujer no le gusta que ladre. Es más, se enoja cuando ladro. No es que me la pase ladrando. Pero los otros días le ladré al carnicero. La culpa es del perro de al lado. Todo comenzó como un juego loco y divertido. Es que ese perro, aparte de ser perro, es un maniático, un cascarrabias de siete suelas. Pasa una moto y ladra. Los pibes de la escuela y ladra, la viejita que arrastra los pies y ladra. Abro el portón y ladra. Guardo el auto y ladra. Cierro el portón y ladra. ¿Os he cansado con tanto ladra? Pensad en mí… en mis oídos…¡en mis nervios!

Total que un buen día, o mejor dicho un mal día, al oírlo ladrar, para sacarme la mufa, haciendo gala de mi don de imitador, con la voz más gruesa que pude lo toreé ¡Guau!… ¡Guau! Me salió un ¡guau! tan onomatopeya, tan caquita de gallina, y gracioso de tan pavo, que deseé que no me hubiera escuchado nadie. Tuve suerte. No me escuchó ni el perro. Pero ese día fue fatídico, fue el inicio de mi desgracia. Porque lo cierto es que a ese día le siguieron otros y otros y otros.

Con el tiempo noté que a diario mejoraba mi ¡Guau!.. ¡Guau! Hasta que, ¡por fin!, una mañana canícula, por lo bochornosa digo, pero también por lo perruna, mi ladrido se confundió con el del perro. Entonces, impulsado por mis logros, con bronca lo ladré. Ladrido contra ladrido, aquello fue un concierto de perros. Desde entonces nos ladramos. Unos ladridos por la mañana y otros por la tarde. Según nuestros humores. Con todo, esto no sería tan traumático para mí y los míos, pues nuestro duelo acontece en los fondos, en las lindes del terreno de nuestra casa, que es más grande, de lo que mi improvisado, cansino oficio de jardinero soporta. Mas, más allá de la lid con el perro, lo que en un principio fue jolgorio, acabó en desventura.

Esnobismo o estupidez. Llámeselo como quiera. Cambié mis hábitos de salutación. Y es que cuando recibía a uno de los míos lo saludaba efusivamente con un ladrido. Por ejemplo a mis nietos, que lo tomaban festivamente, como una broma del abuelo. O a mi hijo nieto, que, con menos pulgas, me respondía: “Dejá de ladrar vos”, o a mi mujer que no le gustaba para nada.

Al principio fue todo jarana. Una excentricidad. Pero como era lógico de suponer, con el correr de los días la cuerda se tensó, se acabó la paciencia y me lo hicieron saber. A excepción de mis nietos: mi mujer, mis hijos, mi hijo nieto, el de las pocas pulgas, todos, pusieron el grito por los cielos.

La gota que colmó el vaso fue cuando le ladré al carnicero. Aunque él se lo buscó. “Por favor -le dije amablemente- deme un kilo de nalga tierna”, a lo que me respondió con cara de pocos amigos y tono agresivo: “Acá toda la carne es tierna” “No doy azotillo por nalga”. Fue una provocación, como si el perro del vecino me toreara. Ahí nomás lo ladré. Lo ladré tantas veces y con tantas fuerzas que me sentí un mastín. Un mastín puteándolo. A ladridos, por supuesto, pero puteándolo. Mi mujer me sacudió por el brazo, pero el tipo se quedó duro. Sin habla.

Conclusión: me llevaron al Psicólogo. La entrevista se desarrollaba medianamente bien. Con un trato por demás amable y profesional. Una a una respondía a sus preguntas. Todo se pudrió cuando me preguntó por qué ladraba y no pudo ocultar una cierta sonrisa socarrona. Lo que me dio en el f… pero no dije nada. Tan solo me mordí los labios. Como insistiera con la pregunta y viéndole yo nuevamente esa sonrisita socarrona, le solté no sé qué cantidad de ladridos. Uno más fuerte que el otro. Ametrallado, concluyó con los míos que debían hacerme ver con un médico psiquiatra amigo suyo.

El médico psiquiatra leyó la carta del psicólogo y también su diagnóstico. Me miró a los ojos durante uno o dos minutos que me parecieron una eternidad. Después, hube de responder un cuestionario impreso. Otras preguntas. Unos test. Y hacer unos dibujos. En seguida se reunió con los míos. “Es solo un episodio de manía” les dijo con parsimonia y seguridad profesional. “Felizmente pasajero” “Nada de qué preocuparse” “En unos meses estará tan bien como antes de este episodio momentáneo”

Al mes, noté que eran más grandes mis caninos. Asomó esta cola entre mis piernas. Ladraba a las motos, a los pibes del colegio, a la viejita que arrastra los pies, a los vecinos, y por supuesto a los míos.

Hoy por la mañana alcancé a oír que han pedido la perrera.

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