EL FIN DE FIESTA (Cuento de Patricio Contrera)

Por Infolobos junio 3, 2020 16:37 Volver a la Home

Estábamos tomando mate con mi amigo Beto, cuando empezó a sonar la sirena de Bomberos. Como vivía a una cuadra del Cuartel, ya estaba acostumbrado, aunque no dejaba de fastidiarme. La casa estaba en venta hace rato, pero no hallábamos interesados, precisamente por ese motivo. Es lo mismo que pretender vender una casa que está al lado de un boliche bailable, o de un hotel alojamiento.

Vivíamos en un barrio bastante postergado de Villa Elisa. De repente surgía algún comentario gracioso de cualquiera de los dos, aunque por lo general tomábamos mate en silencio. Nos conocíamos tanto que ya sentíamos que muchas palabras estaban de más. El televisor estaba apagado, y como el control no funcionaba, ninguno tenía ganas de levantarse a encenderlo y buscar algún canal interesante.

Entró mi vieja con la bolsa de los mandados y comenzó a hablarnos de una enfermedad mortal que se había expandido por todo el mundo. Nos pareció un delirio. “Prendé la tele si no me creés”, insistió con énfasis, hasta que para dejarla conforme lo hicimos. Todos los canales de noticias hablaban del tema, y de inmediato nosotros nos convertimos en dos estúpidos tomando mate y totalmente ajenos a lo que estaba pasando.

Las preguntas nos llenaban la cabeza: ¿Es un virus o qué? ¿Cómo se transmite? ¿Hay cura para esto? Estábamos tan shockeados que olvidé cambiar la yerba y le cebé un mate lavado, pero Beto lo sorbió sin quejarse.

Hablaban infectólogos, ministros, jefes de Estado, y ya lo daban como un hecho consumado. No obstante, la información era tan confusa que nos generó más miedo aún.

En cuestión de horas, los supermercados y almacenes de la ciudad lucían abarrotados de gente presa de un cuadro de psicosis, que se llevaban lo que hubiera: papel higiénico, botellas de alcohol medicinal, frascos de café, cigarrillos. Luego de varios meses de prolongada caída del consumo, la pandemia en ciernes hizo que los habitantes de Villa Elisa volcaran la poca guita que tenían para aprovisionarse. Ibamos a comprar algo con Beto y otro amigo más que me llamó por teléfono, pero las colas para ingresar a los comercios eran tan largas que nos desalentaron un poco. Nos propusimos hacerlo mañana.

Cayó la noche, Beto se despidió con la incertidumbre de no saber si nos volveríamos a ver en un corto plazo. No podía dormir, puse un disco de Pink Floyd a un volumen bajo porque no quería despertar a mis padres que al día siguiente habían previsto salir lo más temprano posible al súper antes de que se terminara la mercadería. El último registro que tengo de aquella noche fue un mensaje al celular que me sobresaltó en medio de la duermevela, pero era de la empresa de telefonía que quería ofrecerme cambiar el aparato. Puteé en silencio hasta que finalmente me tapé con dos frazadas y me dormí vestido. Me desperté como a las 11 de la mañana, todavía mi cabeza seguía embotada, tomé un ansiolítico y traté de organizar mi día lo mejor que pude.

El escenario era similar al del día anterior, ese día la tele la dejamos encendida casi sin mirar la pantalla, a mamá le hacía muy mal ver lo todo lo que estaba sucediendo y lo poco que podíamos hacer.

Pude ver que, en almacenes y supermercados, la gente compraba cualquier cosa, los mismos que me lloraban miseria porque decían que no podían pagarme mi jornal, salían con los changuitos llenos. No me interesaba observar en detalle qué se llevaban, el panorama era similar a lo que habíamos visto ayer: había productos tan variopintos como botellas de cerveza, toallitas femeninas, papel higiénico, paquetes de yerba.

Al final de cuentas, mucho no había cambiado la situación para mí: desde que dejaron de pagarme en el Matadero, no volví a ir a trabajar y el asunto estaba en manos del Sindicato, que tampoco demostraba demasiado interés. Era sabido que el dueño del establecimiento pagaba coimas para tener a sus empleados totalmente indefensos y sin ninguna cobertura.

No me quedó otra que dejar de pagar el alquiler, me desalojaron y tuve que volver a vivir a la casa de mis viejos. Desde luego, ellos seguían con las mismas mañas de siempre, y extrañé los tiempos de prosperidad en que vivía solo. Pero ahora que pienso mejor, si estuviera solo e incomunicado, no podría soportarlo. Me viejo era de pocas palabras, pero cuando le expliqué lo que me estaba pasando, me dio un abrazo y me dijo que no había inconveniente en que pernoctara por tiempo indeterminado hasta que mejorara mi apremiante realidad y pudiera volver a conseguir un lugar donde vivir.

Al día siguiente fui al Sindicato y les dije que no podía continuar sin trabajar. El delegado me respondió que la producción estaba paralizada, que había habido nuevos despidos, y que en el mejor de los casos me daría una indemnización. Fui al municipio a pedir un bolsón de alimentos, y por lo menos me dieron algo para poder estar una semana o dos más tranquilo.

Me pregunté si yo no debería abastecerme ante la amenaza de una nueva devaluación y el consiguiente colapso económico, pero en todo caso lo haría cuando cobrara la plata que me debían, hasta que eso no sucediera me iba a tener que conformar con las provisiones que tenía.

Mi mamá, Corina, era quien más angustiada estaba. Mi viejo comenzó a fastidiarse cuando las autoridades no le permitieron ir a jugar a la bochas a la cancha del Parque. A mi papá lo vimos varios días un poco desorientado, abrumado, fumando en la cama.

– Jorge, hasta cuándo pensás seguir así? Le dijo mi madre en tono imperativo.

– No lo sé, hasta que se vaya esta peste de mierda que me tiene encerrado.

– Dejá los vicios, los cigarros, y el café que te tomás en el bar, que estamos en economía de guerra.

– Tengo 70 años, trabajé toda mi vida, son los únicos gustos que me doy, déjame de joder.

Mi madre pensó en vender lo más valioso que teníamos, algunos anillos y cadenitas de oro. Y publicar muebles antiguos en algunos grupos de Facebook. Le dije que no se apresurara, que esperara para más adelante para ver cómo evolucionaba la peste.

Me puse a pensar que en toda mi vida no había conseguido comprar nada de un valor económico importante para reventa, y que sólo tenía pertenencias muy modestas para poder vender. Estaba dispuesto a sacrificar mis libros, mis discos, las películas, todo para hacerme unos mangos hasta que volviera a conseguir trabajo.

Temí que volvieran las cuasimonedas, como el infame Patacón, un papel pintado que simulaba ser un billete. Decidí revolver todo buscar algo que podía algún valor económico, y así ofrecerlo al mejor postor. Sabía que me pagarían menos por todas esas cosas de lo que yo las había pagado, pero no me importaba. Necesitaba llevar el pan a la mesa y que los alimentos duraran lo más posible.

Me daba vergüenza exponer mi quebranto financiero vendiendo todo donde yo vivía, así que me contacté con un feriante de Once. Me tomé el tren, llevaba dos cajas de cartón y una bolsa grande de consorcio. También una cuchilla que me había robado del Matadero por si alguien pretendía robarme la preciada mercancía.

Llegué, y el trámite fue bastante rápido, el tipo, que parecía ser ruso, constató que lo que le llevaba se ajustaba a lo que le había mostrado en las fotos del WhatsApp, me pagó y me fui. Me fui a Cabildo y Juramento y vendí las alianzas de oro de mis padres, las cadenitas, y un anillo de rubí que con mamá encontramos haciendo una requisa en el ropero. Me comí dos porciones de pizza con una gaseosa en un bodegón de la zona y esperé el próximo tren que fuera a Merlo. La llamé a mi vieja para avisarle que todo había salido bien, que por unas semanas íbamos a poder aguantar con el tema de la comida.

Era pleno invierno, y para ahorrar gas, comprábamos leña, encendíamos el hogar solamente cuando caía la tarde, porque a veces venía de visita mi tío que estaba bastante jodido de salud y no queríamos que pasara frío.

Los días siguientes el menú cotidiano fue arroz y polenta, de vez en cuando algún trozo de carne barato, que racionábamos con cautela. Traté de comunicarme con mis amigos, no para llorarles la carta, dado que no tenía ningún sentido. Transcurrieron 15 días y con mi vieja acordamos vender el televisor. Nos dieron 600 pesos, porque carecía de control remoto. Con esa plata teníamos para poder tirar tres o cuatro días. Lo único que nos quedaba para informarnos de lo que pasaba en el mundo exterior era una radio a pilas. Fumé el último cigarro que me quedaba en un atado que encontré debajo de la cama. Procuré hacer durar el pucho y juguetear con el humo azulino en la oscuridad del patio, sabiendo que por un largo plazo no podía comprar más.

Sentía mucha rabia, bronca e impotencia. Tuve que tomar una decisión extrema: conocía un campo que tenía bastantes cabezas de ganado. Ese dato lo sabía porque era un cliente del matadero. Salí de mi casa una noche destemplada, el frío me calaba los huesos. Le pedí al Chino, un amigo mío, que me prestara la camioneta y me acompañara. A pesar de la confianza que nos teníamos, evité mencionarle el motivo por el cual le pedía el vehículo hasta que nos fuimos acercando al lugar. Llegué. Vi que un novillo se asomaba por el alambrado. Lo cortamos con una pinza, tarea que insumió unos cuantos minutos. Iba con un revólver calibre 38. Al pobre animal pegué dos tiros a la cabeza y lo cargué rápidamente en la camioneta. Se escucharon pasos apresurados, gritos, obviamente un disparo de arma de fuego no pasa inadvertido para nadie. Arranqué con la F 100 a toda velocidad, nuestro botín que estaba en la parte posterior todavía agonizaba y se movía frenéticamente, no había conseguido matarlo del todo. Sentí pena por alargarl
e el sufrimiento. Hice como 10 kilómetros por un camino vecinal y lo fanié con cuidado. En los años que estuve en el matadero que había acostumbrado a hacer esa tarea. Era como cuando iba al colegio y nos hacían diseccionar una rana. Fui tirando en una bolsa de arpillera la cabeza, el cuero, lo más fácil, y la dejé a un costado de la ruta.

Brotaba mucha sangre por todos lados, recordé que Beto tenía un freezer de la época que vendía helados Frigor. Lo llamé, le pedí disculpas por la hora, le pregunté si el freezer estaba vacío y me contestó que sí, pero cuando le conté para que se lo solicitaba, me costó convencerlo. Fui a su casa, acomodamos como pudimos el novillo faenado dentro el congelador, y para retribuirle el gesto le dije que íbamos a compartir la carne, que no había problemas por eso. Llegué a casa, lavé prolijamente la camioneta del Chino con agua y detergente, para que al día siguiente pudiera devolvérsela en las mismas condiciones. Me acosté, sentí un poco de culpa por haber matado al novillo pese a que acostumbraba hacerlo antes de que me dejaran cesante, nunca había hecho algo semejante. Carnearlo no me hizo sentir mal, porque era parte de mi trabajo, no por nada existe un lugar que se llama Matadero.

Si alguien golpeaba la puerta, aunque fuera la Policía, estaba preparado hasta las últimas consecuencias. No pude pegar un ojo en toda la noche. Me tomé un vaso de whisky Criadores, lo único que quedaba en la botella, e intenté descansar. Tenía la intuición de que en lo sucesivo todo se haría más cuesta arriba. En lo que a mí respecta, me esforcé por creer con cierta dosis de ingenuidad que ya todo había terminado.

Por Infolobos junio 3, 2020 16:37 Volver a la Home