Poesía, Narrativa y Ensayo 17 de diciembre, 2018

LA REBELIÓN DE VILLA MURIÑO

Por Patricio Contrera.

Villa Muriño era un municipio a la vera de la ruta,  de casas bajas, donde lo único que sobresalía era el chalet de dos plantas del Intendente, un tal Ismael Báez, que lideraba el PVL, Partido Vecinalista por la Liberación. Hacía más de 20 años que gobernaba con mano de hierro ese pequeño feudo de diez mil habitantes, a quienes sometía porque la mayoría de ellos eran empleados del municipio.
 
La monotonía era insoportable. La mayoría de los jóvenes, tan pronto como podían, abandonaban el poblado, al cual nombraban peyorativamente “la aldea”. Fue así como padres y abuelos constituyeron la principal composición demográfica del lugar, y lo único que amenizaba las largas tardes de verano era un partido de truco en el Club Social mientras tomaban el vermut.
 
Predominaban las calles de tierra, y no había regador alguno que pudiera mitigar la polvareda que se levantaba cada vez que circulaba un vehículo, sobre todo los camiones. La industria y la producción no  existían, apenas había un par de comercios para los alimentos e insumos básicos. Todo lo demás había que buscarlo en el pueblo vecino, o trasladarse hasta la capital. 
 
El pueblo parecía haberse detenido en el tiempo, y pocos tenían un celular, no por falta de recursos sino porque no llegaba la señal, no había antenas cercanas que permitieran tal prodigio. No contaba con ningún hotel o albergue transitorio, de modo que los jóvenes novios que sentían deseos de hacer el amor con su pareja solían consumar su propósito bajo unos densos matorrales, o en el mejor de los casos, pidiendo a algún amigo que les prestara por unas horas el cuarto de su casa.
 
Los velatorios se hacían en casas de familia, en habitaciones que luego daba un poco de escozor volver a usar, por la presencia invisible del difunto.
 
El alcalde tenía su poder sustentado en obras públicas ínfimas y en la estricta vigilancia de cualquier situación que proviniera desde la oposición. Todo comenzó a complicarse cuando los municipales experimentaron un considerable atraso en el cobro de sus sueldos, y se empezó a cuestionar los lujos del Dr. Báez, que tenía en mejores condiciones su finca privada que el propio palacio municipal. 
 
El Municipio estaba lleno de goteras, el piso de parquet hundido por la humedad, la pintura de las paredes interiores llenas de moho. Era lo más parecido a aquella novela de Soriano, “No habrá más penas ni olvido”. Es que los de mayor edad, escogían el olvido, como una manera de no pensar en lo que alguna vez fue un distrito privilegiado de la zona, por su desarrollo agrícola y las industrias que supo albergar. 
 
El Intendente tenía una base de datos con todos aquellos empleados que respondían a la Comuna, y naturalmente se aseguraba que votaran para él. Tomaba ciertos recaudos, como no circular en público con su costoso automóvil Audi, y hacerlo en un Peugeot 307. También los contratistas que estaban remodelando su casa tenían prohibido dar detalles de las refacciones, que incluían una piscina climatizada y un quincho ideal para los asados con los que solía regodearse en compañía de leales y alcahuetes variopintos. 
 
Llegué a Villa Muriño de casualidad. Venía de San Nicolás y necesitaba cargar combustible, de manera que busqué una localidad cercana, casi en el límite con Santa Fe. Como al coche le fallaba la bomba de nafta, me hospedé dos días en un hotel denominado “Muriño Style”, hasta que en el taller mecánico me repararan el vehículo. 
 
Y una de esas noches sucedió. Estalló la rebelión ante el abuso de poder. El conserje del hotel me recomendó no salir a la calle, aunque pudo más mi curiosidad. La Policía se había amotinado.
 
Desde hacía largo tiempo se venía pergeñando la resistencia ante la opresión. Comenzaron a arrojar bombas molotov al chalet de Intendente, piedras, trozos de baldosas, y todo lo que encontraran a mano.  La multitud fue “in crescendo”, y la Policía había hecho un pacto tácito con los vecinos de no intervenir. Pero Báez, intuyendo la coartada, llamó por teléfono a la Departamental, cuyos efectivos llegaron casi entrada la madrugada, cuando el pueblo estaba sitiado. Exigían la renuncia del déspota. Los mismos que lo habían votado, se hartaron de que el sufragio fuera condición para acceder a un empleo. El Intendente no podía salir por ningún lado, ya que el chalet estaba rodeado de vecinos. Se recluyó en una oficina que había construido hasta que se vio sobresaltado cuando el vidrio de la ventana estalló de un piedrazo. Con sospechosa parsimonia, fueron llegando los Bomberos a extinguir las llamas.  Finalmente, con un megáfono en mano y esquivando algunos huevazos, en la entrada de la finca, el Secretario de Gobierno pidió tranquilidad y anunció la renuncia “indeclinable” de Ismael Báez. Ello contribuyó a descomprimir la tensión entre los manifestantes, que en poco más de dos horas se habían expresado con una furia inusitada y ahora, paulatinamente se iban dispersando antes de que comenzara la represión del Grupo GAD. Hubo festejos hasta el amanecer el Villa Muriño aquella noche, y el bar del Club Social sirvió tragos con canilla libre. Eso sí: lo único que había que pagar era el vermut.
Volver a la home

MÁS ANTIGUAS

EL PLACER DE COMPARTIR 17

Poema del Dr. Guillermo Ara.

CAMINANDO 311 NOTAS AL PASO

Escribe: Raúl Usanza.

LA MAÑANA

Por Claudio Giglio

CAMINANDO 310 NOTAS AL PASO

Escribe: Raúl Usanza.

PAPAMUNDO

Poema dedicado al Dr. Claudio Giglio, en el día de su cumpleaños.

-BUCÓLICOS- ENSUEÑOS

Por Francisco “Pancho” Medina.

CAMINANDO 309 NOTAS AL PASO

Escribe Raúl Usanza.

Subir