Correo de Lectores 6 de noviembre, 2018

ROBERTO

Escribe: Claudio A. Giglio.

Conocí a Roberto el mismo día en que conocí a su esposa Margot y a su hija Carla, mi ahijada.
 
Me hizo un favor del que no aceptó devolución.
 
Y le hice un favor del que no acepté retribución y que cambió su vida y la mía.
 
A partir de entonces una sólida amistad nos unió.
 
Él, con su crónica dificultad respiratoria y yo con mi renguera, secuela de poliomielitis.
 
Nos juntábamos en su campo camino a Navarro, que él cuidaba con una pulcritud admirable, y, sentados a la sombra, hablábamos de nuestros proyectos y de nuestras vidas.
 
Era extraordinariamente inteligente e inventaba artefactos para su casa de la estancia, o herramientas por el laboreo de sus tierras.
 
Recuerdo que comía el arroz en cruz: Una cruz que cruzaba el plato e ingería un cuarto por vez.
 
Intenté copiarlo pero nunca lo logré.
 
Lo vi un día, admirándolo, hacer un silo de maíz forrajero con su tractor, y aplaudí en mi mente la capacidad de trabajo y su calidad.
 
Con ese silo alimentaba en invierno las vacas de su tambo.
 
Su dificultad respiratoria le limitaba los esfuerzos pero no su ideación.
 
Años de amistad nos hicieron cómplices en alguna travesura infantil.
 
Cuando decidió vivir en la ciudad y dejar el casco de su estancia, edificó una magnífica casa en un pequeño lote, una esquina.
 
La casa era maravillosa, y sus detalles de adorno eran espectaculares.
 
Tiempo después, vendió esa casa y adornan la mía dos rejas de hechura europea que embellecen la enorme galería y son, cada vez que las veo (muchas por día) un  recuerdo de Roberto.
 
Fue su regalo.
 
Su muerte, triste como siempre son las muertes, pero esa mucho más, provocó lágrimas en sus muchos amigos, y dejó una marca en mi memoria que es imposible de eliminar.
 
Su esposa y su hija, son hoy amigos permanentes, con visitas mutuas y el cariño que nos ha contagiado el cariño que desbordaba Roberto.
 
Tenía que recordarlo.
 
Claudio Giglio.
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