Correo de Lectores 3 de octubre, 2018

LA VIDA GOLPEA

Escribe: Claudio A. Giglio.

Hace un tiempo que no mido, lloré la muerte de mi amiga de la lejana infancia (1942), Rosita Aldrey.
 
Su esposo, Oscar Roberto Taranto, era también mi amigo, mi compañero de visita a los estadios donde jugara FerroCarrilOeste, nuestro club.
 
En casa conoció, Oscar, a Rosita.
 
Enamorados, se casaron.
 
Años después, al cambiar mi mundo porteño por el lobense, y el dejar aquel mundo de trabajo, estudio, y FerroCarrilOeste, por el nuevo y actual y querido Lobos, para ejercer mi profesión, dejamos de vernos por muchos años.
 
Tal vez treinta.
 
Lo encontré en Rosario, donde había concurrido a realizar un trámite de la Cooperativa de la cual era presidente.
 
Él era CEO (entonces no se usaba ese término) de una empresa Suiza que vendía aparatología Suiza.
 
Almorzamos en Rosario y recordamos años, viajes, Ferro,  y su boda.
 
Y luego, por muchos años, tal vez otros treinta, no tuvimos contacto.
 
Por alguna razón que no recuerdo, un día recibo un llamado telefónico, y para mi alegría y mi sorpresa, era Oscar Roberto Taranto.
 
Seguimos durante años comunicándonos, y prometiéndonos  y soñando con una visita de la pareja a Lobos.
 
Y hablando de hijos, de nietos, de salud, y de FerroCarrilOeste.
 
Y un día me lloró la muerte de Rosita.
 
Y lloramos juntos.
 
Ahora estaba con algunas enfermedades vasculares, y tenía que operarse de la válvula aortica.
 
No llegó.
 
Hoy por la mañana, llamó el teléfono y su yerno, Cesar, me golpeó con la noticia de la muerte de Oscar.
 
Tenía mi edad.
 
84 años.
 
Hoy es un querido recuerdo y una llorada ausencia.
 
Claudio A. Giglio-
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