Poesía, Narrativa y Ensayo 22 de abril, 2018

El diario “La Justicia” había sido fundado en 1970, durante la efímera presidencia de Roberto Marcelo Levingston. Era un viejo edificio en Avenida de Mayo, muy cerca de la Plaza homónima. Supo tener un gran número de lectores, pero cuando murió su fundador cambió su línea editorial y la gente, que no come vidrio, comenzó a volcarse a otros medios de prensa con otro tipo de material informativo. Yo había entrado como cronista hace ya 15 años, en la Sección Interés General. 
 
El Negro Ruiz era uno de los periodistas con más trayectoria en la Redacción del diario. Se llamaba Oscar, pero lo apodábamos Floreal por el célebre cantor de tangos. Renegaba de su apodo, pero se había acostumbrado, inclusive una vez me regaló, con una sonrisa, un disco de Floreal Ruiz como consintiendo la humorada. Siempre en mangas de camisa celeste, aún en pleno invierno. De bigotes tupidos, pelado y con un cigarrillo negro en los labios. 
 
Ese viernes de marzo, llegué temprano al diario, porque me había olvidado la licencia de conducir en mi escritorio. Todavía no entiendo cómo carajo la dejé allí, sólo sabía que estaba en un cajón. Desde que unos pungas me robaron la billetera con toda la plata y los documentos, llevaba éstos en un bolsillo aparte, y cuando llegaba a casa los dejaba en un lugar seguro. Al final de cuentas, resultaba más fácil recuperar la guita que el engorroso trámite de recuperar los documentos. 
 
Eran las seis y cuarto de la mañana, y en el subsuelo estaba el Negro Ruiz tomando café en el buffet. Desde que lo conocía, era casi una máquina de fumar y tomar café. Se había sometido a un tratamiento con láser para dejar el tabaco, pero evidentemente no dio resultado. Los que ya teníamos unos años en el diario lo habíamos visto intentar de todo, se notaba que el tipo tenía voluntad de desintoxicarse: compraba caramelos ácidos, chupetines, chicles con nicotina, pastillas Halls, y se lo notaba feliz y desafiante por unos días, por el hecho de haber creído vencer al vicio. Pero al cabo de unos días reincidía. Había nacido en Punta Alta, casi un páramo comparado con las grandes urbes. 
 
Apuré el paso para buscar el documento olvidado en el cajón, que era el motivo de mi presencia a esa hora, y al principio no advirtió mi presencia. Estaba demasiado ocupado mojando una medialuna en el café con leche. Dejé de lado la urgencia y recurrí a mi lado cortés. 
 
- Hola Floreal, buen día. ¿Qué hacés tan temprano?

- Hey, Fredy, me desvelé. Me cansé de hacer zapping, del “Llame ya” y de ver exorcismos de pastores,  y se me ocurrió
desayunar acá. 

- No querías disfrutar de las tostadas con manteca de Alicia? – le dije en tono zumbón.

- No, dejame de joder. Por una vez en la vida, quería desayunar como la gente. Estas son las mejores medialunas de Buenos Aires- se jactó mientras se apresuraba a engullir el último bocado. 

- Ahora yo te pregunto a vos: ¿qué hacés a esta hora? – dijo con curiosidad

- Nada, me olvidé el carnet de conducir. Menos mal que no me agarró la cana. 

- Sí, ni hablar. Te rompen el culo con las multas. Y por una infracción así es muy probable que te saquen el auto. 

- Sí, por eso tan pronto como me di cuenta de que no la tenía, vine para acá a buscarla. Tengo el auto en la cochera. Me tuve que venir en un taxi que me cobró carísimo. 

- Sí, son terribles esos hijos de puta. Y si llueve, ningún tachero te quiere parar. Se regodean viendo cómo te mojás- acotó el Negro con una sonrisa. 
 
Lo vi con una pila de diarios, pero ninguno de ellos de circulación nacional. Tenía El Tribuno de Salta, La Capital de Mar del Plata, El Día de La Plata, La Nueva Provincia de Bahía Blanca. 
 
- ¿Qué hacés con estos diarios? – le pregunté

- Los leo, qué te parece que hago?

- No te hagas el gil. Los estás leyendo por algún motivo en particular?

- Fredi, los porteños se creen que pasando la General Paz no existe más nada. Somos un país federal, no? Además me sirve de material para investigar. 

- La Nueva Provincia, es pro-milico

- Seeee, ni hablar! – coincidió- Una línea editorial de derecha a full. Pero hay que leer de todo.
 
En eso llegó Andrea. Sin saludar, nos interrogó: 
 
- Qué andan haciendo ustedes dos?

- Ya lo ves, tomando café y leyendo los diarios, como buenos periodistas que somos- ironizó el Negro. 

- Qué es esto? El Tribuno? Me viene al pelo, Negro. Necesito que te tomes un vuelo a Salta urgente. Tenemos que investigar, hablar con las últimas personas que vieron a María Cash, esta chica que está desaparecida.

- Dejame terminar el café, después hablamos.

- Basta de hacer sociales. Ponete las pilas de una vez!
 
Por primera vez, lo vi al Negro ofuscado. Se levantó y la fulminó con la mirada. 

- Escuchame bien, querida. Yo seré un viejo con los pulmones a la miseria, mujeriego, vago, o lo que quieras. Pero nunca, nunca, me vuelvas a tratar así. Entendiste? No se lo permito a mi mujer, y menos te lo voy a permitir a vos.  Me importa muy poco la escala jerárquica. Te dije que voy a terminar el café, y me voy a tomar todo el tiempo del mundo para hacerlo. 
 
Andrea se sorprendió, al igual que yo. No dijo palabra, y siguió caminando rumbo a la Redacción. Dejó dos tickets aéreos sobre el mostrador, uno a nombre del Negro y otro para el fotógrafo. 
 
- No tengo más ganas que viajar, Fredy, que me dejen de joder, quiero jubilarme de una vez y volver a Punta Alta, estoy viendo si me dan un crédito para hacerme una casita allá. Es más, vendo el departamento que tengo acá y listo, no me ven nunca más. El que quiera visitarme va a tener que ir hasta allá. 

- Bueno Floreal, ahora concentrate en lo que te pidió Andrea. Sé que se portó como una mierda con vos, pero hasta que no llegues a los años de aportes vas a tener que seguir laburando. Preparate para decirle a Alicia que van a viajar a Salta. 

- Esas provincias chotas- rezongó el Negro- Está todo bien con los salteños, pero lo único que conozco son las tapas para empandas. 

- Ahora que estás en la sección Policiales- le expliqué- No tenés otra alternativa que cubrir este tipo de noticias.

- Sí, pero yo he cubierto tantos casos en mi juventud, Freddy….cuando era un cronista raso. La doctora Giubileo, Oriel Briant…el final es siempre el mismo: la muerte. 

- El público se renueva, Negro. En este caso, el público lector. Un caso policial de hace veinte años ya queda para hacer alguna crónica de vez en cuando, nada más. La gente cada vez lee menos diarios en papel, ahora entran todos a Internet a leer las noticias. Sinceramente creo que se viene una reestructuración bastante jodida y debemos estar preparados para cuando llegue el momento. Sé que al lado tuyo me falta mucha experiencia, pero no seas perezoso, viejo. Tomalo como un viaje de vacaciones, un poco morboso quizás. 

- Tenés razón… estos pasajes tienen fecha de pasado mañana. Parece que no me dieron mucha opción.

- Realmente no. Y si no vas, no quisiera estar en tus zapatos. Ni siquiera lo digo por Andrea. Hablo de más arriba. Se rumorea que va a haber reducción de personal…
 
En rigor de verdad, era cierto. Núñez, el director, hacía rato que tenía ganas de sacárselo de encima. “No suma, es un viejo decrépito que se cree que esto es una agencia de quiniela”, lo escuché mascullar una vez, en su oficina, pese a que tenía casi la misma edad del aludido. 
 
- Ya estoy cansado de que me boludeen- refunfuñó  Ruiz como al pasar- No soy el chico de los mandados. Yo entrevisté a Maradona, a Fangio, a Borges, a Cortázar. Y esta mina me rompe las bolas por una chica perdida en Salta. 

- Basta, Negro. No te das cuenta de que a nadie le importa lo que hiciste, por más mérito que tenga? Yo tengo que cuidar el  laburo y me la banco, vos hacé lo mismo con el tuyo. Otra cosa no te puedo decir- le dije, dando por terminada la conversación mientras me dirigía hacia mi escritorio.  
 
Esa noche me dormí tarde, con un pensamiento rumiante, sobre todo lo que había sucedido, desde el momento en que presencié el rapto de furia del Negro, hasta su compleja personalidad. Era un hombre cansado, pero no vencido. Tenía oficio, experiencia, sólo que a una edad en la cual debería ser Jefe de Redacción, lo volvieron a ubicar sin grandes laureles en la sección Policiales. 
 
Pasaron dos días desde que el Negro y el fotógrafo habían partido, y no tuvimos noticias. Como era uno de sus compañeros más cercanos, me encomendaron la tarea de comunicarme con él varias veces al día para ver cómo avanzaba el laburo. En el celular salía invariablemente el contestador. Y cuando llamaba al hotel, el conserje me decía escuetamente: “El señor Ruiz salió, nunca dice dónde va. A veces sale solo, otras con la mujer”. 
 
- Pero no le puede explicar que lo estamos llamando del diario y que no sabemos nada de él? Viajó por trabajo, no a hacer una excursión- me indigné

- Mire, yo respeto la privacidad de los huéspedes del hotel, de todos modos le voy a transmitir lo que me está diciendo y si él me autoriza le daré detalles. 
 
Parecía un sketch de Tato Bores, con el conserje haciendo de agente encubierto, y todo el diario sin saber qué carajo estaba haciendo el Negro en Salta, si efectivamente había logrado obtener datos para redactar un informe especial, o si entraba y salía del hotel sin dar demasiadas explicaciones. 
 
- Tenemos que hacer algo con lo de Ruiz- dijo Andrea- Estamos perdiendo guita en un tipo que se cree que está en disneylandia. El fotógrafo es lo de menos. Empezó hace poco, nadie lo conoce y labura freelance. 

- Mucho no se puede hacer, no contesta el teléfono, en el hotel no dan información, es todo muy raro- alcancé a responder. 

- Yo sé que sos amigo de él y que lo estás encubriendo. Si me entero que es así, los echo a los dos. 

- Andrea, estás diciendo cualquier cosa. Que sea amigo no significa que me voy a jugar el puesto por él.  Si querés delegá la tarea de comunicarse con el Negro en otra persona, yo ni siquiera estoy en Policiales, y esta situación me está hartando. Yo mientras tanto tengo que seguir laburando como siempre. 
 
Pasaron cinco días, y en la televisión se comenzó a hablar sobre “La misteriosa desaparición de un periodista porteño en Salta”. Cuando escuché el flash informativo, quedé estupefacto. Era evidente que había abandonado el hotel, pero también resultaba extraño que su itinerario no lo conocieran las autoridades policiales. Ironías  de la vida: había ido a investigar una desaparición y terminó siendo noticia por desaparecer él. 
 
De repente se me ocurrió la hipótesis más absurda, y que mentalmente descarté antes de considerar otras posibilidades: ¿Y si el Negro nunca había salido de Buenos Aires? ¿Y si nos dejó pagando a todos, y andaba dando vueltas como si nada hubiera pasado? ¿Quién era el dueño de la voz que supuestamente pertenecía al conserje del hotel salteño?
 
Fue entonces cuando empecé a sentir una ansiedad incontrolable, un deseo de salir de la oficina como fuera, con cualquier pretexto, aunque ya a esta altura no tenía que pedir permiso a Andrea por un determinado motivo. Me fui hasta el edificio donde vivía el Negro. Toqué el portero eléctrico. Del otro lado del auricular, una voz ronca: 
 
- Quién es?

- Floreal? Soy Freddy. Qué estás haciendo acá?- lo interpelé procurando mantener la calma. 

- Tomándome un descanso…vos qué contás?

- Abrime la puerta, tengo que contarte algo urgente. 
 
Escuché el sonido metálico de la puerta principal, y mi indignación iba creciendo a medida que tomaba cabal conocimiento de que había estado en lo cierto. El periodista policial del diario, decidió por motu proprio, tomarse un descanso, sin avisar absolutamente a nadie. El falso conserje seguramente sería un amigo de él.  No sé por qué, pero subí los 12 pisos por la escalera en lugar de utilizar el ascensor. 
 
Llegué al palier, jadeante. Toqué timbre. La llave giró perezosamente. Me recibió en pijama y con una taza de café en la mano, pese a que eran las tres de la tarde. 
 
- Hey, Freddy, no te esperaba, ¿Pasó algo? Vení pasá…
 
Entonces no lo dudé. No me importaba absolutamente nada. Le pegué una trompada en la cara, que lo volteó a él y a la taza que sostenía en su mano izquierda, derramando ese líquido casi negro sobre la alfombra beige. Y como no sacié mi ira, arremetí un segundo puñetazo, que hizo un desastre en su desgastada dentadura. Alicia, que estaba en la cocina, se asomó tan pronto como escuchó el estrépito, y no pronunció palabra: simplemente hizo un gesto con la palma de la mano, pidiéndome que me detuviera, dándome a entender que el castigo había sido suficiente. 
 
- Sos un hijo de puta, te cagaste en todos nosotros- le dije, antes de irme sin más preámbulos. 
 
Al día siguiente, pasó lo que tenía que pasar: el Negro recibió el telegrama de despido en su casa, volvió al diario y quiso esbozar unos argumentos poco convincentes. Traté de evitar cruzar su  mirada mientras caminaba por el pasillo rumbo al despacho del Director. Se había puesto un traje, pero seguía con el mismo aspecto desaliñado de aquella postal en pijamas. Pese a que mi despacho quedaba como a 30 metros del de Núñez, se escuchaban los gritos de ambos, en un diálogo de sordos porque la decisión ya estaba tomada y el Negro no tenía ningún argumento a su favor. Después me enteré que le había pagado 10.000 pesos al fotógrafo para que también se quedara en Buenos Aires y que le prometió conseguirle trabajo. 
 
Pasaron tres días, y empecé a sentir su ausencia. Los chistes, las guarangadas, su inspirada prosa. Pero de ninguna manera iba a llamarlo. Habíamos llegado un punto de no retorno. Como esas parejas o matrimonios que ya no se soportan mutuamente y tensan tanto la cuerda hasta que finalmente se corta.  
 
Sonó el celular. Era él. 
 
- Yo no tengo nada que hablar con vos- dije a modo de saludo. 

- Ya lo sé. Estoy buscando mis dientes perdidos- dijo con sorna. 

- Qué vas a hacer ahora?
 
Se hizo un silencio de cinco segundos del otro lado de la línea. 
 
- Me vuelvo a Punta Alta, mi lugar en el mundo. Puse el departamento a la venta. Voy a fundar un diario allá. 
 
Corté la comunicación. No quería saber nada más. En el diario, ya no existía. Inclusive, las pertenencias que había dejado las tiraron a la basura y dejaron el escritorio reluciente para su sucesor, cuya identidad era un misterio. 
 
Mientras estaba con la computadora, puse el nombre y el DNI del Negro en Google, para ver si tenía otro domicilio que no fuera el departamento que dijo estar dispuesto a vender. 
 
El resultado: “La Voz de Punta Alta. Diario digital con toda la actualidad. Editor Responsable: Omar Ruiz”. 
 
De algún modo, había cumplido su sueño. Lo extraño fue que la primera nota que aparecía en la página, tenía por título: “Exclusivo: toda la verdad sobre la desaparición de María Cash. Enviados Especiales a Salta”. 
 
Cerré la página, y me quedé con la mente divagando en cientos de kilómetros y rutas desiertas. Abrí la bandeja de la notebook, me calcé los auriculares y puse un disco de Miles Davis. Todo había terminado. 
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