Poesía, Narrativa y Ensayo 18 de abril, 2018

Se sentó en un banco de la plaza sin el menor entusiasmo, y se detuvo en observar a las palomas que revoloteaban a su alrededor como en aquella película de Hichtcock, en la cual el merodeo constante de las aves se convertía en una pesadilla. 
 
Con dificultad extrajo del bolsillo derecho de su pantalón un paquete de cigarrillos aplastado y con inscripciones que le aseguraban que eran perjudiciales para la salud. Se preguntó si no tendría acaso otros asuntos más perjudiciales que resolver que el mero encendido del cigarrillo. Quedaban solamente dos, y Santiago eligió el que asomaba al borde del atado, por razones eminentemente prácticas.
 
Sacó una caja de fósforos, e intentó en vano encender uno de ellos, pero el viento apagaba la llama del palillo casi al instante. Probó con tres fósforos consecutivos, y nada. Tomó un cuarto fósforo, esta vez con mayor determinación, y mientras se llevaba el cigarrillo a la boca trató de formar una suerte de pantalla con su mano derecha para evitar que el viento lo extinguiera. Una llama tenue le permitió, por fin, encender el cigarrillo.
 
No había nadie en la plaza, hasta los vendedores de panchos y pochoclo habían tomado la precaución de retirarse del predio, y en aquel 8 de julio los que ofrecían banderas argentinas y escarapelas en vísperas de la fecha patria estaban desmontando sus puestos anhelando quizá que el calendario les obsequiara mayores ventas al día siguiente.
 
Detestaba la Plaza de Mayo, la concentración de las masas en los actos partidarios, las marchas, el bullicio, el rumor de los autos. Santiago Torres era un muchacho de 35 años, nacido en Paso de los Libres como consecuencia de una circunstancia azarosa, dado que su madre tuvo un parto prematuro y lo concibió en un hospital de la ciudad correntina cuando en realidad la intención de la familia era regresar a Paraguay.
 
Mientras el sol comenzaba a caer, Santiago sintió que las ropas lo aprisionaban, y comprendió que el desencanto por la vida y su refugio en la comida barata y poco saludable  comenzaban a acusarle certeros golpes a su fisonomía. No era un muchacho gordo, pero la sola idea de serlo lo aterrorizaba. 
 
El cigarrillo se iba consumiendo entre sus dedos mientras  analizaba el aumento de peso que juzgaba a todas luces injusto, teniendo en cuenta que llegó a Buenos Aires siendo un adolescente por consejo de un amigo y con la esperanza de convertirse en modelo publicitario.
 
Mientras arrojaba la colilla aún encendida al piso, oyó la voz de un hombre que lo sobresaltó: 
-Buenas tardes. ¿Me puedo sentar con usted?
Era un viejo de unos 70 años, con barba rala y cabello blanco. Vestía una campera cuyo color esa indescifrable por la mugre, pero parecía ser verde oscuro. 
-Sí, cómo no. La Plaza es grande- bromeó Santiago.
-¿No me convida un cigarrillo?
-Usted está pidiendo demasiado…no lo conozco y quiere sentarse conmigo…me manguea un cigarrillo…y me queda uno solo- dijo, mientras exhibía al desconocido el atado como prueba irrefutable de que sus dichos eran verdaderos. 
-El viejo, entonces, extrajo uno del bolsillo de la campera,  lo encendió como si se tratara de un habano Cohiba, y realmente sentía placer de fumar, al juzgar por sus gestos. Santiago se preguntó para qué le había pedido cigarrillos si tenía los propios. Habrá estado jugueteando con el pucho 5 o 6 minutos, lo apagó, y casi de inmediato arrojó un escupitajo a las baldosas. 
-Estoy jodido de los pulmones.
-¿Entonces para qué fuma?- fue la pregunta obvia.
-Ja, ojalá fuera tan fácil amigo, es un vicio muy puto, una vez que lo agarraste tenés que tener mucha voluntad para largarlo, y no es algo que me caracterice. 
-Yo trabajaba en una fundición de aluminio. Ahí me terminé de arruinar la salud- añadió- Laburaba en negro, necesitaba la plata y la única manera de obtenerla dignamente es trabajando, y cuando estás así agarrás lo que venga. Tenía dos brazos fuertes para llevar y traer vigas, para agusanarme con ese calor que quema. Ahora tengo artrosis y 67 años, muy poco para decir, muy poco para hacer. Y este país que no tiene arreglo. Toda la vida trabajando para terminar siendo un viejo decadente. 
-Pero usted, ¿qué hizo por el país, además de ir a votar? Reniega demasiado, además para los estándares actuales todavía se podría considerar que es joven. 
-Yo los vi pasar a todos. 
-¿A quiénes?
-A los secuestradores. A los que se llevaron a mis amigos en la época que vivía en  San Isidro. Los chupaban y pedían rescate porque la familia de ellos tenía plata. Como el Clan Puccio. Se hizo como una industria, con haber sido milico, cana, o ex agente de la SIDE, ya era suficiente para empezar en el oficio. Fue así como me terminé quedando solo, entre los que se murieron y los que me fueron dejando de lado. Porque yo nunca me aburguesé. Supe tener mucha guita, un Peugeot 505, un chalet, un yate, pero puse a mi yerno como Gerente de la empresa que tenía y me fundió. 
-¿Qué empresa era?
-Una fábrica de zapatos. Calzado fino, eh. Mocasines de cuero. Nosotros los vendíamos al por mayor y las tiendas de la calle Florida le ponían la marca. Pero le aseguro que casi todas vendían zapatos nuestros. Este hijo de puta se dejó llevar, decía que había estudiado marketing, me hablaba de liderazgo, de cómo ser un emprendedor, cuando en realidad a él lo puse yo. No tuvo mejor idea que sacar una marca propia, gastar fortunas en publicidad, y era algo que no se podía sostener por mucho tiempo. Quiso tener una renta extraordinaria y pensó que la gente estaría dispuesta a pagar el precio que él decidiera por un par de zapatos.
 
Paradójicamente, cuando bajó la vista para ver sus pies, calzaba unas zapatillas de cuero, deportivas, no tan arruinadas con la campera y lo demás que llevaba puesto. Con disimulo, como si fuera un prestidigitador, sacó un atado de Particulares.
 
 
-¿Por qué me pidió un cigarrillo si usted tenía, y hace un rato sacó uno del bolsillo?
-Para ver qué clase de persona era- dijo con desprecio. 
-Váyase. Por favor, váyase. Hay varios bancos donde puede sentarse y contarle a otro imbécil su historia del imperio de los zapatos venido a menos. 
-¿Usted cree que estoy mintiendo o fabulando con lo que le dije?
-No sé, ni me interesa. Yo pasé miseria también y sin embargo no le cuento al primer desconocido la historia de mi vida.  
 
Mientras Santiago procuraba poner al desconocido en su lugar, con total sigilo, vio que se aproximaban rápidamente dos hombres, ambos con camisa manga larga arremangada, uno de ellos de color azul y otro a cuadros. Un estampado al estilo escocés como suele decirse. El de azul le dijo: 
 
-Policía Federal, ponga las manos hacia atrás, y no haga ningún movimiento más. Identifíquese. 
Fue así que el extraño dejó de ser tal, al menos por el nombre que proporcionó al oficial vestido de civil. Puso las manos hacia atrás, dispuesto a ser esposado. 
El otro, de camisa a cuadros, procedió a la requisa, mientras el supuesto fabricante de zapatos venido a menos agachaba la cabeza con resignación, pero no con vergüenza. 
Del bolsillo derecho de la raída campera verde, extrajeron un “ladrillo” termosellado  con 100.000 dólares. Santiago pudo ver el monto porque tenía una faja. En la billetera, del bolsillo de atrás del pantalón, había poca plata, y un DNI viejo, la típica libreta de tapas verdes. Se lo llevaron, sin brindarle a Santiago ninguna explicación, como si fuera invisible. Ni siquiera lo citaron a declarar, para alivio del joven. 
 
Al día siguiente, Santiago escuchó en la radio portátil que había caído en Buenos Aires un empresario uruguayo con pedido de captura internacional, por asociación ilícita y malversación de fondos. Se fue caminando tranquilo a la pieza que alquilaba, en el barrio de Constitución, y se acostó a dormir mientras escuchaba cómo en la calle un prostituta le reclamaba a un cliente el dinero que le adeudaba por sus servicios.
 
Autor: Patricio Contrera.
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