Correo de Lectores 25 de enero, 2018

EL SECRETO

Escribe: Claudio A. Giglio.

Uno cree que todas las preguntas tienen respuesta.
 
Pero no es así.
 
En mis sueños de anoche estuve en un club de golf que conocí cuando tenía 7 o 8 años.
 
Recorríamos con mi amigo Tito Velarde las calles laterales que partían de la barrera distal del FerroCarril Oeste, y recogíamos pelotas que pasaban de los límites del campo.
 
Las llevábamos al club y nos daban algunas monedas, que en el mismo club trocábamos por caramelos.
 
En un rincón, había una casilla que era la estafeta de San Antonio de Padua.
 
Y curioseábamos la correspondencia, que había que ir a retirar, si alguien esperaba noticias.
 
Juntábamos cepa caballo (así le llamaban), y yo vendía en la feria de la calle Canalejas los miércoles y sábados.
 
La pregunta del curioso era ¿para qué es buena?
 
Y la respuesta, no basada en algún conocimiento previo ni bibliográfico, sino puramente comercial, era: ¡Es muy rica para el mate!
 
Y se vendía bien.
 
Otras monedas para comprar libros.
 
Y con un carrito muy elegante que me había hecho mi papá, llevaba bolsas de compras a 0.10 cada una.
 
Ese dinerillo, en sociedad con un vecino, hijo de una familia polaca que vendía conejos cuya carne tenía gusto a hinojo porque con eso, que abundaba en las vías del ferrocarril, los alimentaba, hicimos en el establo un lugar secreto…
 
Solo el y yo sabíamos que bajo una baldosa del establo estaba nuestra progresiva fortuna.
 
Yo iba todos los días en tren desde Flores a San Antonio, para dar de comer a Tito, un petiso negro cría Blaquier, y al Veinte, un viejísimo pero elegante tordillo árabe, que había sido del ejército y cuando oía marchas, conmigo montándolo, se ponía de costado y marcaba el paso maavillosamente, y me enorgullecía.
 
Me daba mi mamá 0,50 para el viaje. 0,10 el tranvía 89 o 99, ida y otros 0,10 la vuelta. Y tenía abono para el tren.
 
En lugar de tomar el tranvía, iba y venía a pié, y era otro ahorro para libros (Editorial Tor: 0.50, de tapas blandas, que con mi hermana María Dolores encuadernábamos (Método inventado por mi) Aun tengo algún libro encuadernado por nosotros. Los numerábamos y teníamos un cuaderno con la lista, por nombre, Editorial, Tema, y algún otro que no recuerdo, para nuestra biblioteca que crecía.
 
Cuando ingresé a la facultad, vendimos en López y Livolsi los libros, para poder comprar los necesarios para estudiar.
 
La biblioteca crecía hasta que hicimos el lugar ultrasecreto con mi cómplice polaco.
 
Un día llegué.
 
Mi amigo no había venido.
 
Solo, fui  a colocar las ganancias en el sitio secreto.
 
Estaba vacío.
 
Lloré.
 
Vuelvo al principio: ¿Porque luego de mas de 75 años vuelve aquel recuerdo maravilloso e infame que me hizo sentir estafado?
 
Confieso que no guardaba ese recuerdo como fundamental, porque la biblioteca siguió creciendo, hasta 1953, pero no todas las preguntas tienen respuesta.
 
Esta no.
 
Claudio Giglio-
DNI 4134981-
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