Poesía, Narrativa y Ensayo 11 de enero, 2018

QUEJAS HUMANAS

Por Claudio Giglio

El hombre comienza a afeitarse, cuando su piel se cubre de pelos y de tiempo.
 
Al principio una vez por semana. Luego dos veces.
 
Y unos años después, todos los días.
 
A veces, deja que un bigote crea que adorna su labio superior.
 
Y le gusta.
 
Luego deja de gustarle y lo elimina.
 
A veces, deja su barba crecer como un bosque, y, según el placer que le produce, la permite corta, mediana o de toda la vida.
 
Es el concepto de la estética. Y su manejo.
 
En otros casos, es la comodidad.
 
O la religión.
 
Cuando, luego de sesenta años de afeitarse diariamente, con el cuidado que requería cuando solo existían las navajas, luego las hojas de afeitar Gillette, Legión Extranjera, Pal, con previo jabón y brocha, luego las cremas o los geles de afeitar, y los nuevos inventos de piezas de alta ingeniería que afeitan y no cortan, como las Mach 3 o las eléctricas, comienza a saber que tiene poco tiempo por delante y afeitarse lleva más de quince preciosos minutos, e introduce en su mente, la sugerente y maravillosa idea de dejar de afeitarse, y comienza a circular por sus ”neuronas de tomar decisiones“, el proyecto.
 
Comunicado el proyecto a los familiares, las opiniones son diversas, ninguna terminante, pero todas disidentes.
 
Y el hombre se queja de su suerte de tener que afeitarse diariamente, perdiendo quince minutos, y nunca comienza a poner en movimiento el proyecto.
 
Y sigue perdiendo ese tiempo, estéticamente lampiño, y enojado con su indecisión.
 
La mujer, a una edad parecida, comienza a tener, mensualmente, una prueba del fracaso de su maternidad.
 
Molestia que molesta, que obliga a cubrir la molestia, que deniega placeres, que insume gastos en toallas o tampones.
 
Luego, convertida en mujer y ansiando ser madre, incorpora a su cuerpo otra vida, que se desarrolla dentro de ella, que conoce solo su voz, su caricia, su contención.
 
Y cuando llega el momento de conocer ese fruto de la unión con el hombre, {con o sin barba, y enojado porque debe hacerlo diariamente}, sufre, con el placer final de la obtención del fruto, los intensísimos dolores que provoca el nacimiento.
 
Dolores incomparables, sangrientos, que duran mucho tiempo.
 
Y luego, el fruto incomparable y llorón, entre sus cálidos, ansiosos y tolerantes brazos.
 
Y cada tres horas, el fruto de su vientre requiere alimento, prepotentemente, de día y de noche, y hay que satisfacer la “orden suprema” de amamantar.
 
Y el fruto, con cada amamantamiento, ensucia un pañal.
 
Antes, eran telas que se lavaban a mano, sin lavandina, con jabón neutro y se secaban al sol.
 
Hoy son descartables, caros, y tienen el problema, que es conocido y llega a ser importante, de que no se nota la deyección o la orina del fruto materno.
 
Y la piel de las nalgas del niño se eritematizan, y lo hacen llorar permanentemente. Y no se calman. Y la mujer que ama a su fruto lo consuela, lo masajea con cremas a propósito, y logra recuperar la paz del niño. No la de ella.
 
Y el niño crece, y la mujer es la que convive permanentemente con el fruto de su vientre. Y es la que introduce la voz que el fruto conoció antes de nacer, y ahora oye de persona a persona, en los oídos y en la inteligencia del fruto, que, virgen, debe llegar a un desarrollo que el tiempo dará.
 
Y esto, multiplicado por la cantidad de frutos que el árbol materno produzca, porque persiste el instinto maternal de la mujer.
 
Cuando la capacidad de crear hijos, {no de criarlos, porque esta persiste toda la vida de la mujer}, desaparece, aparece otro fenómeno fisiológico y doloroso, llamado climaterio.
 
El climaterio hace desaparecer hormonas que caracterizan a la mujer, con distintos síntomas, que pueden ser calores, osteoporosis, pérdida de la líbido, cáncer, arrugas, fragilidad capilar, hemorragias no hormonales, todas, pero nunca NINGUNA.
 
Alguna o algunas aparecen.
 
Y la mujer comienza a sentirse mayor.
 
Y ahora hablo yo:
 
La mujer es tan hermosa cuando adolescente como cuando es anciana. Son tipos de belleza diferente. Puede tener menos tersura en la piel, arrugas, más vello, menos cintura de avispa, dolores que antes no existían, desaparición o disminución de aquella líbido que antes tenía una imperiosa necesidad de satisfacción, un cambio de carácter.
 
Pero sigue siendo ese monumento divino que es productor de amor, y lo fue de frutos filiales, de hemorragias mensuales, de dolores de parto, de dedicación casi exclusiva a la atención de sus frutos, y ahora, de climaterio, indicador de un final de ciclo y comienzo de otro, diferente, tan doloroso como el anterior, y tan lleno de futuros ignorados como el comienzo de la vida.
 
¿DE QUE SE NOS QUEJAMOS LOS HOMBRES?????
 
Claudio A. Giglio
DNI 4134981
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