Poesía, Narrativa y Ensayo 2 de marzo, 2017

MIS MAESTROS

Recuerdos de Claudio Giglio

Luego de los primeros momentos, días, años, de convivencia dentro de la familia, aquella que transmite por efecto EJEMPLO, las leyes, las costumbres, las formas primordiales de vida, de respeto, de amor, los maestros son los que otorgan al hombre futuro los conocimientos que lo formarán y harán de él lo que llegue a ser.
 
Y fueron fundamentales en la vida de todo adulto que concurrió a una escuela para adquirir educación, los primeros e indispensables conocimientos que darán forma a su camino de adulto.
 
Tengo en mi memoria, los maestros que, desde mis seis años, pusieron en mí la primera semilla de interés en todo lo que luego formaría mi personalidad.
 
Los recuerdo y , frescos en mi , hay historias de cada uno.
 
Susana Longobardi, en una escuela de la calle Güemes, en Palermo, tomó en 1942 a ese niño inquieto, charlatán, rengo, que ya sabía leer y escribir. La señorita , en  el pizarrón, escribía , por ejemplo: MI MAMÁ ME AMA, y yo, inquieto, apurado, decía.-¡¡¡¡ Allí dice MI MAMÁ ME AMA!!!!!!. Y así con todo. Fueron pocos días. Me llevó a la dirección, donde la directora me tomó una prueba, que supongo que aprobé. Hablaron con mis papás, y me citaron desde el  Consejo Escolar, en la calle Callao 30, donde varios maestros me hicieron un dictado, una lectura, dibujar, ( un árbol: tronco marrón  y copa ovalada verde), y dijeron que pasaba a primero superior.
 
Justamente en ese momento, mi familia se mudó a Flores, a la calle Boyacá, y me llevaron a la escuela mixta Facundo Zuviría, en la calle Trelles entre Franklin  y Neuquén.
 
Allí, en aquel recordado primero superior, reinaba mi querida maestra Rosa Pagano, que me quería mucho, pero mi inquietud, la hacía renegar. Me daba un coscorrón ante mis caminatas por el aula, y decía ¡Carajito!!!. Pero era la dulzura. La visitamos con mi esposa e hijos, ya hombre de Lobos, y estaba aún, viejecita, y lloramos juntos por aquel hermoso recuerdo.
 
En segundo grado, la maestra era Encarnación Tagliaferro, seria, dulce, cariñosa, y yo seguía con mis travesuras, siempre presentes y molestas. Los pupitres eran para dos alumnos, y justo en el que estaba delante de mí, había dos nenas, Susana Maderna y Susana Sbombich. Ambas tenían trenzas. Y mi placer (supongo que era placer y no agresividad) era tirarle de las trenzas, y luego mirar hacia otro lado. Varias malas notas por inconducta lucían en mi cuaderno. Dos características: las malas notas, con las firmas de mi mamá o mi papá, con el consiguiente castigo, y la letra. No tenía la letra de Germán Pampillo, el mejor del grado, elegante, siempre igual, prolijo, sino que variaba en cualquier escritura en tamaño, inclinación, jamás bella. Cuando comenzaba un cuaderno me prometía ser prolijo y elegante, pero los manchones, los borrones, en la segunda página, ya eran una muestra del fracaso de mis buenas intenciones. No en los conocimientos, en los que no tenía problema alguno, sino en la conducta y en la prolijidad.
 
En tercer grado, la señorita Gregoria Lisazo, maravillosa maestra, con la dulzura que caracterizaba a aquellas maestras. Mi conducta mejoró algo, pero la prolijidad no. Pocos días antes de terminar el año escolar, la mató un tren en Ramos Mejía, donde vivía. Fuimos algunos alumnos a llorar a su velorio.
 
Hasta allí, era escuela mixta. Pero luego pasé a una escuela de varones, Juan B. Peña, en la calle Franklin, a la vuelta de la anterior.
 
La maestra de cuarto grado era Ramona J. López. Allí comencé a hacer composiciones que eran siempre premiadas con un sobresaliente. Recuerdo uno sobre Martín Fierro, que me hizo leer la señorita López en un acto. Orgulloso, inquieto, y ya un mejor y más prolijo alumno, aunque siempre cambiando la forma de mis letras. Una vez, recuerdo, para el día de la Madre, hice una composición con el concepto de la ausencia de mi mamá. Como si ya no viviera. Y en medio de la lectura, mi falta de vergüenza, me hizo sollozar. La señorita López, se acercó, me abrazó, y me preguntó cuándo había fallecido mi mamá. Yo, descarado, la miré sin llanto entonces, y le dije que mi mamá estaba viva, en casa y no tenía ninguna enfermedad. Igual me felicitó por la composición pero me sedujo para que nunca utilizara ese argumento como tema de un trabajo escrito. La señorita López murió de un cáncer de mama, cuando cumplía mi quinto grado.
 
En quinto grado, la señorita María Roldán Sánchez, nos pulió con su ejemplo de calidad humana, de cultura, de sensibilidad, pero era un alumnado muy inquieto, gritón, revoltoso. Yo la adoraba. Un día, tanto fue el barullo que produjo el alumnado, que la señorita Roldán Sánchez se puso a llorar 
desconsolada. Me paré (estaba en la primera fila, por tamaño) y me enojé con los compañeros por su conducta. Curiosamente, ya no era aquel incordioso alumnito flaco e inquieto que tuvieron que soportar mis anteriores maestros. Y me obedecieron y se quedaron quietos en sus asientos, y dos o tres de nosotros, nos acercamos a la maestra para consolarla. Allí, para el 9 de julio, hice una composición que comenzaba: “Hace hoy 130  años, un grito de libertad hasta entonces reprimido se alzó en la límpida atmósfera de San Miguel de Tucumán”. Por supuesto, no recuerdo más que el comienzo, y confieso que los años transcurridos (130) los ubiqué haciendo una cuenta. Pero ese discurso, para mi orgullo, lo leyó una maestra en el acto celebratorio. En esa época, para las fiestas patrias había un acto en las escuelas, y nos agasajaban con alfajores, o panes de leche, y una taza de chocolate. Los sábados había clases. Guardé por años el texto y ya en Lobos, lo presté a una maestra, paciente mía, que, cambiando los años, lo leyó en un acto por la Independencia.
 
En sexto grado, un maestro alto, joven, egiptólogo, Antonio Alejandro Días, nos hizo conocer la historia egipcia e hizo una obra en mi vida que me permitió seguir progresando. En ese año me operaron por primera vez de mi pié derecho, y estuve en cama por largo tiempo. De acuerdo con el señor Díaz, y con la colaboración inolvidable de un amigo entrañable, Enrique Wainer, me enviaba lo realizado en el día, y los deberes, o tarea, como se le dice hoy, a casa. Yo, en mi cama, hacía los deberes y completaba los cuadernos de clase, y Wainer (a quien he buscado pero lamentablemente nunca encontré) los llevaba a la escuela y el maestro corregía. Y con permiso de la dirección, me ponían presente todos los días. Así terminé el sexto grado en 1947.
 
Años después, ya en la facultad, una noche nos encontramos con el señor Díaz, en la Avenida Pueyrredón. Fuimos a tomar un café. Y luego nos despedimos.
 
Esta es mi historia de aquella primaria en la que los alumnos crecían y los maestros lucían sus virtudes pedagógicas.
 
Me he emocionado contando aquello, cuando hoy, no por los maestros, sino por los sindicalistas, la sociedad sufre la amenaza de paros, que no existían en aquella época.
 
Dicen que TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR.
 
ES MEJOR EL RECUERDO,  DE TODO TIEMPO PASADO.
 
Claudio Giglio
 
DNI 4134981
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