Lobos, Historias y Personajes 6 de septiembre, 2016

EDUARDO CASEY

Un ilustre y notable lobense que dejó huellas por todo el mundo.

Seguramente los venadenses sabrán la historia y conocerán el nombre de Eduardo Casey, pero no tantos lobenses sabemos de la vida del fundador de Venado Tuerto. 
 
Este pionero, uno de los más característicos hombres de negocios argentinos del 80, nació en Lobos, más precisamente en la hoy desaparecida estancia "El Durazno", al norte de nuestro partido. Era hijo de Lawrence Casey y de Mary O’Neill, ambos irlandeses llegados al país hacia 1830. 
 
Desde muy chico se inició en las faenas campestres. Eduardo Casey y su hermano Santiago, entusiastas propulsores de “las carreras a la inglesa”, terminaron por fundar su propia cabaña para mejorar la raza equina. Entre sus múltiples iniciativas se cuentan las especulaciones en tierras que culminaron con la fundación de Venado Tuerto, y de las colonias de Pigüé, Arroyo Corto y Coronel Suárez –establecidas en su gigantesco predio de Curumalán–, la construcción del Mercado Central de Frutos de Barracas y del barrio Reus de Montevideo, además de una incesante actividad turística desarrollada desde la comisión directiva del Jockey Club de Buenos Aires.
 
En 1879, Eduardo demuestra sus habilidades de hombre de empresa: asociado con James de Rinzy Brett envía los primeros animales en pie argentinos a Inglaterra en el vapor Nestorian. Como otros irlandeses, nacidos o no en el país, creía que era necesario participar activamente en la política argentina. Por eso apoyó la iniciativa del Club Almirante Brown, fundado por Dean Dillon con el propósito de intervenir en el proceso electoral de 1879/80. Esa actitud de los irlandeses rendiría frutos positivos: a fines de 1880 su nombre figura en el directorio del Banco Provincia, pues las nuevas autoridades de Buenos Aires, encabezadas por Dardo Rocha, desean darle relevancia a la colectividad irlandesa que tanto peso económico estaba adquiriendo en los distritos rurales. La compra de 72 leguas (1 legua equivale a algo más de 3100 hectáreas) en los campos de Venado Tuerto, concretada en diciembre de 1880, marca el despegue de la meteórica carrera de Casey. El sábado 5 de marzo de 1881, tuvo lugar el memorable remate de Venado Tuerto a cargo de la firma Bullrich. Los lotes de una legua, más o menos, se vendieron mitad al contado y mitad a tres años, y sus precios oscilaron entre 250.000 y 130.000 pesos. Así surgió en Venado Tuerto el primero y único modelo de colonización ovejera. Casey continuó embarcándose en operaciones de envergadura. El 17 de junio de 1881 se anunciaba en Buenos Aires que una compañía formada en Londres, había adquirido las cien leguas de la concesión obtenida por el coronel Ángel Plaza Montero en la sierra de Curumalán, cerca de Bahía Blanca. En agosto se daba a conocer el nombre del comprador, el señor Casey, quien había viajado a Europa para descansar y traer caballos y ovinos de raza. Casey compró la concesión en 1882 “con participación de capitales británicos”. En Londres se juzgaron como imposibles las condiciones de población y cultivo del lugar, y se cablegrafió desistiendo de la operación. Casey emprendió entonces por su cuenta la operación y formó la Curumalán S.A. En el invierno de 1883, el predio estaba casi enteramente cercado y poblado por 40.000 vacunos, 10.000 yeguas y 50.000 ovejas. A fines de ese año, se concretaba la venta de diez leguas de terreno para establecer una colonia de 80 familias francesas. En adelante, el Southern Cross publicará avisos invitando a las familias de agricultores que quieran tomar tierra en las colonias de Curumalán. De esta manera, se originaron los pueblos de Pigüé (1884), Arroyo Corto (1884) y Coronel Suárez (1887). En ellos, además de franceses, se instalaron italianos y alemanes del Volga en condiciones relativamente liberales, que les permitieron convertirse en propietarios de las tierras que cultivaban. Amigo del gobernador de Buenos Aires Dardo Rocha, Casey consiguió acelerar los trabajos del Ferrocarril Sud que en mayo de 1884 llegó a Bahía Blanca, valorizando enormemente los campos de Curumalán. Casi de inmediato extiende sus operaciones a la República Oriental del Uruguay. Aparece aquí la vinculación de Casey con el joven financista español doctor Emilio Reus. Eduardo Casey era presentado como “el más emprendedor y frío hombre de negocios de nuestra ciudad”, conocido en Europa por la magnitud de sus empresas. 
 
Estos eufóricos conceptos pertenecen a Eduardo Casey.
 
Tal es, sólo un apretado resumen de la vida de este lobense extraordinario, casi desconocido en nuestra ciudad, y de tanta trascendencia en nuestro país.
 
Nota este trabajo ha sido extractado de los libros La Argentina del Ochenta al Centenario (Capítulo: Eduardo Casey), compilado por Gustavo Ferrari y Ezequiel Gallo, y Los Estancieros (Capítulo: Un meteoro fugaz). Ambos textos son de María Saénz Quesada; y los libros, de Editorial Sudamericana.
 
“Europa no es nada al lado de nuestro país, el más rico y grande del mundo. Allí se paga por un beefsteak más que por una res ovina aquí. Tendremos que luchar hasta conseguir el medio de hacer conocer allí nuestros productos. Buscaremos formar frigoríficos y el medio de transportar haciendas en pie a Europa. Tengo el propósito de hacer un ensayo; así convenceré a los europeos de la bondad de nuestros productos. Sólo necesito capitales para realizar mi proyecto, pues el mercado está en Europa y los productos los tenemos, y en calidad; muy en breve estaremos a la par de los mejores productos de allí, tanto en carnes como en cereales”. 
 
Desde el punto de vista social, nada más rumboso que las reuniones campestres con que Casey agasajaba a sus amigos en la estancia de Curumalán. Había hecho instalar allí una casa de doce habitaciones en madera, importada de Estados Unidos, y un hotel de las mismas características colocado en la estación de Pigüé. Con suma frecuencia, una numerosa comitiva se dirigía en tren al establecimiento y pasaba varios días escuchando música, cazando y bailando. Los más destacados políticos, tanto como los miembros de la colectividad irlandesa, gozaban de la hospitalidad del dueño y de su esposa, María Inés Gahan, también de linaje irlandés, con quién tuvo varios hijos.  
 
La vitalidad de Eduardo, notable herencia de su sangre irlandesa, lo hacía popularísimo entre los suyos. Si en un banquete había música, recitado y canciones, el famoso empresario no vacilaba en participar en el festejo aprovechando un don natural para las imitaciones que hacía reír estrepitosamente al público. En las zonas rurales su figura era muy querida y otro tanto ocurría en Buenos Aires, sobre todo debido a su actividad en la comisión directiva del Jockey Club, la entidad más representativa de la clase dirigente del 80 que él contribuyó a fundar junto a Carlos Pellegrini y otros destacados políticos y hombres de mundo.
 
En el ambiente turfístico nadie más conocido que don Eduardo. Tenía fama de hacer todas las tareas necesarias para asegurar el buen funcionamiento de las carreras que desde chico eran su deporte preferido. Sus esfuerzos en pro del mejoramiento de los caballos, se veían recompensados con triunfos muy frecuentes en los hipódromos recién inaugurados de Palermo y de La Plata, y en el circo de Belgrano. Acumulaba premios y a la vez ofrecía estímulos como el gran premio de honor al mejor caballo de la república (1885). Todavía hoy un clásico que se corre en octubre lleva su nombre. 
 
Eduardo estudió en el colegio San José de Buenos Aires. Tenía poco más de treinta años cuando su nombre empezó a figurar, cada vez con más frecuencia, entre las personalidades promisorias de la colectividad. Su fulgurante ascenso puede seguirse en las páginas del Southern Cros, el periódico de los irlandeses porteños fundado por Dean Dillon, en l875, donde en 1878 se publicaban avisos de su firma consignataria de “frutos” del país que vendía lanas en los mercados del Once y de Constitución, junto a otros acaudalados estancieros y consignatarios como Unzué, Ginocchio y Bellocq.
 
En agosto de 1890, se produjo la gran crisis de la Bolsa de Montevideo, que terminó con la fortuna de Casey quien, al parecer, había comprometido todos sus bienes personales en sus empresas. 
 
A partir de aquí, sólo noticias sueltas van dando cuenta de la liquidación de sus propiedades, ya que el Southern Cross tiende un velo de silencio sobre el compatriota en desgracia. Sabemos, por ejemplo, que la Compañía de Tranways, propiedad del Sindicato, y la estancia de Curumalán pasan a manos de Baring Brothers, firma que por otra parte se declara en quiebra en Londres. Perdió además sus campos de Venado Tuerto y hasta la firma consignataria de frutos del país.
 
Es el final. A partir de entonces, progresivamente, todo su dinero pasará a manos de sus acreedores, incluso la suma que logró ganar después de su derrumbe en Londres con la concesión del ferrocarril Midland.
 
Desaparecieron así sus campos de Venado Tuerto y hasta los muebles de su dormitorio, rematados, y que uno de sus hermanos tuvo el gesto de comprar para volvérselos a regalar.
 
Eduardo Casey sobrevivió 16 años a su ruina. Pobre y olvidado bajo inhibición general de sus bienes, todavía soñaba con proyectos de casas baratas para obreros cuando falleció en forma misteriosa y accidental el 16 de julio de 1906. Cayó a las vías del tren que pasaba cerca del Mercado de Barracas. Tenía 59 años.
 
Toda la colectividad irlandesa acompañó sus restos al cementerio. También lo hicieron algunos de los herederos de su esfuerzo, como Ernesto Tornquist, entonces presidente de la Curumalán S.A. y el acaudalado estanciero de Venado Tuerto, Alejandro Estrugamou.
 
La noticia necrológica de La Prensa evocó la particular caballerosidad de este gran señor íbero argentino, que “en pocos días vio desaparecer la inmensa fortuna que había acumulado en años de trabajo a través de inversiones afortunadas y felices iniciativas. Perdió su gran fortuna pero ganó una reputación envidiable de hombre de honor que se ha convertido en proverbial en los círculos comerciales”. Don Eduardo Casey había participado de los sueños y las locuras de la Argentina del 80. También había contribuido a establecer las sólidas riquezas gracias a las cuales el país se recuperó de su crisis: inmigración, colonias, refinamiento de ganados, es decir las bases de la grandeza del 900. Su nombre resultó sinónimo de honestidad comercial, y los irlandeses veneran con justicia su memoria, pues hizo la riqueza de muchos aunque se quedó sin nada.
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